Todo parecía sencillo
Cuando decidí volver a emprender pensé que todo sería mucho más rápido. Creía que con trabajar muchas horas, hacer buenos diseños y aprender constantemente las cosas terminarían llegando por sí solas. Al fin y al cabo, esa era la parte que más me gustaba: crear.
Pero la realidad fue otra. No basta con saber diseñar, ilustrar o programar. Tampoco basta con tener ilusión. Un estudio necesita una dirección, unos principios y alguien capaz de sostenerlo cuando las cosas no salen como esperaba. Y eso era precisamente lo que todavía me faltaba. Durante esos primeros meses no estaba construyendo GamArt. Estaba intentando descubrir qué era realmente.
La realidad de los primeros meses
Entre enero y abril hubo días de todo tipo. Continuaba estudiando Desarrollo Web, tratando de sacar adelante las clases, mientras seguía aprendiendo por mi cuenta branding, dirección creativa, marketing y todo aquello que pudiera ayudarme a construir un estudio con sentido.
No tenía una oficina. No tenía grandes clientes. Ni siquiera tenía una identidad bien definida.
Solo tenía mi escritorio y muchas ganas de trabajar. Hubo momentos en los que pensé que estaba perdiendo el tiempo. Veía a otras personas avanzar mucho más deprisa y era fácil compararse. Pero entendí que cada uno recorre un camino distinto y que correr no siempre significa llegar antes.
Durante esos meses empecé a ayudar a pequeñas marcas, algunas de forma completamente gratuita. Más que buscar dinero, buscaba comprender los problemas reales que tenían otras personas y cómo podía aportarles algo útil con mis conocimientos. Sin darme cuenta, ahí empezaba a nacer GamArt.
El coste de construir
Hay una parte de emprender de la que casi nadie habla. El coste y no me refiero solo al dinero. También al tiempo. A las horas que dedicas a aprender algo que después descubres que no era tan importante. A herramientas que compras pensando que cambiarán tu trabajo. A ideas que desarrollas durante semanas para terminar descartándolas.
Hubo pequeñas inversiones económicas que no dieron el resultado que esperaba y también muchas horas dedicadas a caminos equivocados. Aquel Marzo dolía, porque sentía que estaba retrocediendo. Hoy ya no lo veo así. Ahora entiendo que todo aquello formaba parte del aprendizaje.
Construir un estudio no consiste únicamente en acertar. También consiste en equivocarse lo suficientemente pronto como para aprender antes de que sea demasiado tarde. Cada error terminó enseñándome algo que hoy aplico con mucha más tranquilidad.
Lo que realmente cambió
Si miro atrás, GamArt cambió muy poco durante esos meses. Pero yo cambié muchísimo. Dejé de obsesionarme con vender cualquier servicio para empezar a pensar en construir un estudio con una identidad clara.
Comprendí que no quería aceptar cualquier proyecto solo por ganar dinero. Prefería avanzar más despacio, pero hacerlo con personas, proyectos y valores con los que pudiera sentirme identificado. También entendí que un estudio necesita algo más que un logotipo bonito.
Necesita una filosofía. Una forma de trabajar. Una visión. Y, sobre todo, paciencia. Entonces empecé a escribir el Brand Book, a definir el propósito de GamArt y a imaginar cómo quería que fuese este proyecto dentro de diez o quince años. Solo anotaba y escribía formas de mejorar... Por primera vez tenía un rumbo.
Mirando hacia delante
Cuando terminó abril no tenía un estudio consolidado. Ni una gran cartera de clientes. Ni un equipo.Pero sí tenía algo mucho más importante. Sabía hacia dónde quería caminar. Los meses siguientes ya no consistirían en buscar quién quería ser. Consistirían en construirlo. Paso a paso. Sin prisas. Porque si algo he aprendido durante este tiempo es que las cosas que realmente merecen la pena necesitan tiempo para crecer.
Y espero que, cuando algún día vuelva a leer estas líneas, pueda sonreír al recordar que todo comenzó aquí: en una habitación, con un escritorio, una libreta y muchas ganas de crear.
— Antonio Sánchez
Fundador de GamArt